JUEVES SANTO

Jueves Santo por la mañana, abres los ojos y ves que por las rendijas de las persianas entra una luz especial, de todos modos, te levantas rápidamente de la cama y pegas un tirón de la persiana para ver que el sol brilla con todo su esplendor. No hay una nube en toda la parcela del cielo que tus ojos pueden ver y, a pesar de ello, pones la radio para escuchar la previsión meteorológica.
La mañana es nerviosa, intranquila como si fuese el primer año que vas a salir de nazareno; limpias con esmero tus zapatos, eliges la ropa que vas a llevar bajo la túnica pensando en el posible calor o no que puedas pasar con ella; lo preparas todo, ¿está todo? La medalla, que se te olvida, como todos los años.
Almuerzas temprano, poco y mal; llega el ritual de vestirse de nazareno, en casa de tu madre, como siempre, la túnica está colgada de su habitación, tu madre te ayuda a que la cola y el cinturón de esparto queden perfectamente colocados; vuelves a comprobar que la papeleta de sitio va contigo; te pones el antifaz y te marchas caminando hacia Santa Catalina (ahora hacia los Terceros).
Entras en el templo, todo cambia, ves a las personas de siempre, el tiempo parece que se detiene, hasta que se ves que ya van entregando las insignias y que, después, se abren las puertas y que entre el haz de luz que entra y por encima de las cabezas de los hermanos se alza la cruz de guía que se encamina hacia la calle; en esos momentos le das el cirio a Alfonso, ese nazareno que siempre ha sido tu pareja desde el primer año y al que solo te encuentras allí, en el templo, para colocarte bien el antifaz. Se escucha el llamador, todo se hace silencio; el paso se mueve y nosotros también, camino de la Santa Iglesia Catedral, otro año más.
Comentarios
La de Santa Catalina es una cofradía que es sevillanía pura. De su paso de misterio está ya todo dicho, pero su palio no se queda atrás. Disfrutarlo recién salido por la zona de Sor Ángela y la Encarnación, con toda la luz del Jueves Santo, es una auténtica delicia.